SABERES COMPARTIDOS

Ejercicio anticáncer: moverse ayuda a prevenirlo y a combatirlo mejor
Por: Carlos Alberto García Santiago 1, Joseline Mariel Ramos Briseño 1, Alejandro Trujillo R 2 , Daniela Lucero del Carmen Delgado Lara 3, Teresita de Jesús Hernández Flore 4
- Estudiante de la Licenciatura en Nutrición, Centro Universitario de Ciencias de la Salud, Universidad de Guadalajara
- Estudiante de Médico Cirujano, Ciencias de la Salud, Universidad Autónoma de Guadalajara
- Profesora investigadora del Departamento de Formación Universitaria, Ciencias de la Salud, Universidad Autónoma de Guadalajara
- Profesora investigadora del Instituto de Investigación de Recursos Humanos en Salud, Departamento de Disciplinas Filosóficas, Metodológicas e Instrumentales, Centro Universitario de Ciencias de la Salud, Universidad de Guadalajara
Contextualicemos
¿Sabías que uno de cada cinco hombres y una de cada seis mujeres desarrollarán cáncer a lo largo de su vida? Cada año se registran más de 19 millones de nuevos casos y cerca de 10 millones de muertes en el mundo. Además del sufrimiento que provoca en quienes lo padecen, el cáncer tiene un impacto profundo en las familias y en los sistemas de salud.
Una parte fundamental de la lucha contra esta enfermedad son las estrategias preventivas y de apoyo. Se estima que hasta el 40 % de los casos podrían evitarse con cambios en el estilo de vida, como dejar de fumar, mejorar la alimentación y realizar actividad física de forma regular.
Más allá de la prevención, la actividad física ayuda a reducir la fatiga, preservar la masa muscular y mejorar la tolerancia a tratamientos como la quimioterapia o la radioterapia. En personas con cáncer de mama, por ejemplo, se ha demostrado que actividades sencillas como caminar, nadar o utilizar bandas elásticas reducen de manera significativa la fatiga y mejoran la calidad de vida.
Estos hallazgos han llevado a considerar el ejercicio no solo como una medida preventiva, sino como una herramienta complementaria dentro del tratamiento oncológico. Además de los beneficios físicos, la actividad física favorece el bienestar emocional y contribuye a disminuir la ansiedad, la depresión y el temor a una recaída. A pesar de ello, aún no se integra de forma sistemática en la atención oncológica, en parte por falta de información o por subestimar su impacto positivo.
Este artículo tiene como objetivo explicar, de manera sencilla y con base en evidencia científica, cómo la actividad física puede ser una aliada clave tanto en la prevención del cáncer como en el proceso de recuperación de quienes lo enfrentan.
¿Por qué moverse puede prevenir el cáncer?
Si existiera una estrategia sencilla, accesible y con beneficios comprobados para prevenir el cáncer y mejorar la recuperación en quienes lo padecen, ¿la pondrías en práctica? Esa estrategia existe: es el ejercicio. La evidencia científica demuestra que moverse con regularidad influye en procesos clave relacionados con el inicio y la progresión del cáncer (Figura 1).
Uno de los mecanismos más relevantes es la regulación de hormonas y factores de crecimiento: sustancias necesarias para el organismo, pero que en exceso pueden favorecer la aparición de tumores. Hormonas como el estrógeno, la testosterona y la insulina, así como moléculas como el IGF-1 y el VEGF —relacionadas con el crecimiento celular y la formación de vasos sanguíneos—, pueden estimular un crecimiento celular descontrolado. El ejercicio ayuda a mantener estos niveles en equilibrio y reduce el entorno biológico que favorece el desarrollo tumoral.
La actividad física también fortalece el sistema inmunológico, ya que incrementa la cantidad y la actividad de las células natural killer(NK), auténticos “vigilantes” del organismo que identifican y eliminan células anormales. Mantenerse activo permite que estas células actúen con mayor eficiencia y destruyan células precancerosas antes de que evolucionen hacia un tumor.
Otro factor clave es la reducción de la inflamación crónica, un estado de alerta persistente que puede dañar el ADN, favorecer mutaciones y estimular la formación de tumores. El ejercicio modula esta respuesta inflamatoria al disminuir moléculas proinflamatorias y aumentar otras con efecto protector, como la interleucina 10.
Por último, al mejorar la sensibilidad a la insulina y reducir la grasa corporal, la actividad física disminuye el impacto negativo de la obesidad, un factor de riesgo reconocido para diversos tipos de cáncer. Así, mantenerse activo no solo fortalece el cuerpo, sino que lo protege desde dentro.
Figura 1. Principales mecanismos biológicos mediante los cuales el ejercicio contribuye a prevenir el desarrollo del cáncer: regulación hormonal, fortalecimiento del sistema inmunológico y reducción de la inflamación crónica. Diseño propio. Adaptado de Hojman y col. (2018).
Durante el tratamiento: menos fatiga y más fuerza
Los beneficios del ejercicio no se limitan a la prevención. En personas que viven con cáncer, la actividad física puede mejorar la recuperación y potenciar la efectividad de los tratamientos.
Uno de los principales retos de la terapia oncológica es la baja oxigenación dentro del tumor. Es como si el tumor estuviera “encerrado en una burbuja” que dificulta la acción de la quimioterapia o la radioterapia. El ejercicio mejora la circulación y el aporte de oxígeno a los tejidos, lo que hace al tumor más vulnerable a estos tratamientos.
La actividad física también tiene efectos a nivel genético: inhibe la acción de genes promotores del cáncer, como MYC y RAS, y activa genes protectores del ADN, como p53 y BRCA1. Estos últimos funcionan como “guardianes” celulares, capaces de detectar fallas y eliminar células potencialmente dañinas.
Otro beneficio fundamental es la reducción de la fatiga oncológica, un síntoma frecuente y debilitante que, a diferencia del cansancio habitual, no mejora con el descanso. El ejercicio contribuye a mejorar la calidad del sueño, aumenta la energía y reduce el estrés, lo que permite a las personas tolerar mejor los tratamientos y mantener una mejor calidad de vida (Figura 2).
Figura 2. El ejercicio mejora la oxigenación tumoral, regula genes protectores y reduce la fatiga. Tras el tratamiento, ayuda a prevenir recaídas al controlar la inflamación, mejorar el metabolismo y fortalecer el sistema inmunológico. Diseño propio. Adaptado de Hojman y col. (2018).
Después del tratamiento: prevenir recaídas
El tratamiento del cáncer no concluye con la última sesión de quimioterapia o radioterapia. Tras superar la enfermedad, el organismo puede mantener un estado de alerta que, si no se regula, facilita la reaparición del cáncer. Es como si quedaran “brasas encendidas” después de un incendio, capaces de reavivar el fuego.
En esta etapa, la actividad física desempeña un papel clave: ayuda a normalizar el metabolismo, mejorar la sensibilidad a la insulina y reducir la inflamación. Estos efectos crean un entorno menos favorable para que las células cancerosas residuales se reactiven.
Además, la actividad física contribuye a mantener un peso corporal saludable, lo que reduce el riesgo de recaída en cánceres como el de mama, colon y próstata. Diversos estudios, incluyendo Wang Q, Zhou W (Journal of Sport and Health Science, 2021), muestran que las personas que se mantienen activas después del tratamiento presentan mayor supervivencia y menor riesgo de recurrencia.
Por ejemplo, mujeres con cáncer de ovario que continuaron realizando actividad física hasta cuatro años después del diagnóstico mostraron menor mortalidad. En contraste, quienes llevaron un estilo de vida sedentario presentaron mayor toxicidad asociada al tratamiento, pérdida de masa muscular y un 22% más de riesgo de morir por la enfermedad.
De manera similar, un estudio con 399 personas con cáncer de colon en etapa III (Brown JC et al., Cancer, 2023) encontró que quienes realizaron actividad física durante y después de la quimioterapia vivieron más tiempo y tuvieron menos recurrencias. Caminar a paso rápido alrededor de 4.5 horas por semana fue suficiente para mejorar en un 33% la supervivencia, en comparación con quienes caminaban menos de una hora semanal.
Estos beneficios se explican por la combinación de efectos biológicos y emocionales: menor grasa corporal, mejor control de la inflamación, un sistema inmunológico más activo, mayor capacidad pulmonar y un mejor estado de ánimo. En pocas palabras, moverse ayuda al cuerpo a sanar y también al bienestar emocional.
¿Cuánto y qué tipo de ejercicio es ideal?
Al igual que un medicamento, la actividad física requiere una dosis, una frecuencia y una intensidad adecuadas para ser efectiva y segura, especialmente en personas que viven con cáncer o que lo han superado. Este enfoque ha dado lugar a una disciplina emergente conocida como oncología del ejercicio, que estudia cómo el movimiento puede integrarse de manera estratégica en la atención oncológica.
En 2019, el Colegio Americano de Medicina del Deporte (ACSM) publicó recomendaciones específicas para sobrevivientes de cáncer, basadas en el consenso de un panel internacional multidisciplinario (Campbell KL et al., Medicine & Science in Sports & Exercise, 2019). Estas sugieren realizar entre 150 y 300 minutos semanales de actividad aeróbica moderada —como caminar a paso rápido o andar en bicicleta—, o bien entre 75 y 150 minutos de actividad intensa —como correr o nadar—.
Si bien estas metas son alcanzables, deben adaptarse a cada persona, considerando factores como la edad, el tipo y la etapa del cáncer, los tratamientos recibidos y las preferencias individuales. Diseñar un plan personalizado no solo lo hace más seguro, sino que aumenta la probabilidad de mantener el hábito a largo plazo.
Con el fin de impulsar esta visión, el ACSM lanzó la iniciativa Moving Through Cancer, cuyo objetivo es que, para 2029, todas las personas sobrevivientes de cáncer integren el ejercicio como parte de su rutina. Con pasos pequeños pero constantes, esta estrategia puede transformar muchas vidas.
Conclusión: moverse también es sanar
La actividad física es mucho más que movimiento: es prevención, acompañamiento terapéutico y recuperación. Integrarla de manera consciente y personalizada en la atención del cáncer no es un lujo, sino una oportunidad para vivir mejor. Moverse con constancia y acompañamiento profesional puede transformar la experiencia de quienes enfrentan esta enfermedad, desde el cuerpo hasta el estado de ánimo. ¿Por qué esperar a enfermar para empezar? El mejor momento para moverse es hoy.
Referencias:
- Friedenreich CM, Ryder-Burbidge C, McNeil J. Physical activity, obesity and sedentary behavior in cancer etiology: epidemiologic evidence and biologic mechanisms. Molecular Oncology. 2020;15(3):790–800.
- Wang Q, Zhou W. Roles and molecular mechanisms of physical exercise in cancer prevention and treatment. Journal of Sport and Health Science. 2021;10(2):201–210.
- Brown JC, Ma C, Shi Q, et al. Physical activity in recurrent colon cancer. Cancer. 2023;129(23):3724–3734.
- Hojman P, Gehl J, Christensen JF, Pedersen BK. Molecular mechanisms linking exercise to cancer prevention and treatment. Cell Metabolism. 2018;27(1):10–21.
- Campbell KL, Winters-Stone KM, Wiskemann J, et al. Exercise Guidelines for Cancer Survivors. Medicine & Science in Sports & Exercise. 2019;51(11):2375–2390.
Contacto:
- Carlos Alberto García Santiago,
Estudiante de la Licenciatura en Nutrición, Centro Universitario de Ciencias de la Salud, Universidad de Guadalajara;
carlos.garcia1076@alumnos.udg.mx - Joseline Mariel Ramos Briseño*
Estudiante de la Licenciatura en Nutrición, Centro Universitario de Ciencias de la Salud, Universidad de Guadalajara
joseline.ramos2548@alumnos.udg.mx - Alejandro Trujillo Rui
Estudiante de Médico Cirujano, Ciencias de la Salud, Universidad Autónoma de Guadalajara
alejandro.trujillo@edu.uag.mx - Daniela Lucero del Carmen Delgado Lara
Profesora investigadora del Departamento de Formación Universitaria, Ciencias de la Salud, Universidad Autónoma de Guadalajara
daniela.delgado@edu.uag.mx - Teresita de Jesús Hernández Flores
Profesora investigadora del Instituto de Investigación de Recursos Humanos en Salud, Departamento de Disciplinas Filosóficas, Metodológicas e Instrumentales, Centro Universitario de Ciencias de la Salud, Universidad de Guadalajara
teresita.hflores@academicos.udg.mx - *Estos autores tuvieron aportaciones equitativas en el desarrollo de este artículo.