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El poder del juego: una guía para madres, padres y personas cuidadoras
Jugar es, en esencia, una forma profunda y poderosa de aprender a vivir
El juego es mucho más que una actividad recreativa: es un componente esencial del desarrollo integral en la infancia. Durante los primeros años de vida —desde el nacimiento hasta aproximadamente los ocho años— se construyen las bases del aprendizaje, la salud emocional y la forma en que niñas y niños se relacionan con el mundo. En esta etapa, el cerebro se desarrolla a una velocidad que no vuelve a repetirse a lo largo de la vida.
Cuando las infancias crecen en entornos afectuosos, seguros y estimulantes, se favorece la formación de conexiones neuronales a un ritmo extraordinario. En este contexto, el juego se convierte en el principal medio a través del cual exploran, experimentan, comprenden su entorno y elaboran significado a partir de lo que viven. Jugar no es un lujo ni un complemento: es una necesidad.
¿Por qué el juego es tan importante?
El aprendizaje basado en el juego impulsa el desarrollo integral y contribuye a formar personas curiosas, creativas y con disposición para aprender a lo largo de la vida. Entre sus principales beneficios destacan los siguientes:
- Desarrollo cognitivo y creatividad.- El juego es una estrategia de aprendizaje poderosa. A través de él, niñas y niños ponen en marcha su imaginación, prueban hipótesis, enfrentan retos y descubren nuevas posibilidades. Al manipular objetos, moverse, construir o simular situaciones, aplican nociones de cantidad, ciencia, espacio y movimiento a la vida cotidiana. Por ejemplo, al jugar con figuras geométricas pueden comprender relaciones espaciales y matemáticas de forma natural. Además, el juego fortalece la capacidad de indagación y la resolución de problemas.
- Competencias socioemocionales.- Jugar con otras personas permite aprender a compartir, negociar, colaborar y resolver conflictos. El juego simbólico —como jugar a la familia, a la escuela o a distintos oficios— resulta especialmente valioso, ya que ofrece un espacio seguro para expresar emociones, explorar roles sociales y desarrollar la autorregulación. Asimismo, el juego favorece la resiliencia y las habilidades para afrontar situaciones difíciles.
- Motivación y participación activa.- El juego genera placer, curiosidad y entusiasmo. Cuando niñas y niños participan en actividades lúdicas, se involucran de manera activa y sostenida, integrando el movimiento, el pensamiento y el lenguaje. Esta motivación intrínseca es un elemento clave para el aprendizaje significativo.

¿Cómo integrar el aprendizaje lúdico en la vida cotidiana?
Tanto el entorno familiar como la comunidad ofrecen múltiples oportunidades para fomentar el aprendizaje a través del juego. Madres, padres y personas cuidadoras son, en este sentido, las primeras figuras educativas.
Aprovechar el juego en casa y en la comunidad.
Las rutinas diarias pueden transformarse en experiencias lúdicas: ir al mercado, cocinar, ordenar la casa o caminar por el vecindario son momentos propicios para conversar, observar, contar, imaginar y aprender juntos. Estas experiencias fortalecen la continuidad entre el hogar y otros espacios educativos. Asimismo, es fundamental garantizar tiempo y espacio para el juego libre, aquel en el que niñas y niños exploran con autonomía y a su propio ritmo.
Crear entornos que inviten a jugar y aprender.
En contextos educativos y comunitarios, el diseño de espacios adecuados potencia las experiencias lúdicas. Los llamados “rincones de juego”, cuando están bien planificados, estimulan la curiosidad y promueven el desarrollo de diversas competencias. El papel de las personas adultas es ofrecer materiales y propuestas que despierten el interés, sin dirigir en exceso la actividad, confiando en la capacidad de las infancias para construir su propio aprendizaje.
Fortalecer el vínculo entre comunidad y escuela.
La participación de familiares y miembros de la comunidad en actividades como cuentacuentos, ferias, talleres o juegos tradicionales enriquece las experiencias educativas. Compartir saberes, historias y prácticas culturales amplía el horizonte de aprendizaje y refuerza el sentido de pertenencia.
Reconocer el valor del juego es apostar por el bienestar presente y futuro de niñas y niños.
Para llevar a la práctica
Jugar para descubrir: un reto de 10 minutos
Dedica al menos 10 minutos del día a jugar con una niña o un niño sin dirigir la actividad. Permite que elija qué jugar y cómo hacerlo. Tu papel es acompañar, observar y escuchar.
Durante el juego, evita corregir o dar instrucciones. En su lugar, haz preguntas abiertas que inviten a pensar y a expresarse, por ejemplo:
- ¿Qué estás creando o imaginando?

- ¿Cómo se te ocurrió esa idea?

- ¿Qué pasaría si lo hacemos de otra forma?

Al finalizar, conversen brevemente sobre lo que más disfrutaron del juego y cómo se sintieron. Este momento de diálogo fortalece el vínculo afectivo y favorece el desarrollo del lenguaje, la curiosidad y la confianza.
El juego no requiere materiales especiales ni grandes preparativos. Basta tiempo, presencia y disposición para acompañar el aprendizaje desde la experiencia compartida.
Fuentes de referencia:
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