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Juventud mexicana y la paradoja de la conexión: el peso de lo social en la era digital
Por:
Janett Esmeralda Sosa Torralba 1.
- Profesora de carrera Facultad de Psicología, UNAM.
Cada 12 de agosto, el Día Internacional de la Juventud nos invita a reflexionar sobre las oportunidades y los desafíos que enfrentan las nuevas generaciones para alcanzar un bienestar integral. Entre ellos, la salud mental ocupa un lugar prioritario, pues no depende únicamente de las características individuales o de la capacidad de afrontar las dificultades cotidianas. Está profundamente influida por las condiciones sociales en las que adolescentes y jóvenes crecen, estudian, trabajan y conviven.
En las últimas décadas, el entorno digital se ha convertido en un componente inseparable de la vida cotidiana. En México, la Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares (ENDUTIH) muestra que el acceso a internet y el uso de teléfonos inteligentes son ya una realidad para la gran mayoría de las personas jóvenes, quienes utilizan estos recursos para comunicarse, aprender, entretenerse y participar en distintos espacios sociales. Esta transformación ha ampliado las oportunidades de interacción, pero también ha planteado nuevos retos para la salud mental.
Para comprender este escenario es útil pensar en la llamada paradoja de la conexión: las tecnologías digitales y las redes sociales pueden convertirse en importantes fuentes de apoyo emocional, aprendizaje y participación, pero también pueden favorecer el aislamiento, la comparación social constante, la exposición a contenidos nocivos o el uso problemático de las pantallas. Sin embargo, estos efectos no ocurren de la misma manera para todas las personas.
La forma en que cada adolescente o joven vive esta paradoja está estrechamente relacionada con los determinantes sociales de la salud, es decir, con las condiciones económicas, familiares, educativas y comunitarias que moldean sus oportunidades de desarrollo. En contextos donde existen pobreza, violencia, rezago educativo o escasas redes de apoyo, los riesgos asociados al entorno digital pueden intensificarse; por el contrario, cuando existen entornos protectores, las tecnologías tienen mayores posibilidades de convertirse en herramientas que fortalezcan el bienestar.
Comprender esta interacción entre el mundo digital y las condiciones sociales permite ir más allá de la idea de que el uso de internet, por sí solo, explica los problemas de salud mental en las juventudes. Más bien, invita a reconocer que el entorno digital refleja y, en ocasiones, amplifica las desigualdades ya presentes en la vida cotidiana.
La paradoja de la conexión: entre el apoyo digital y el riesgo
Imaginemos la rutina de una persona joven: despierta y revisa su teléfono celular; durante el trayecto a la escuela o al trabajo permanece conectada; al terminar sus actividades conversa mediante aplicaciones de mensajería, consulta redes sociales o consume contenido en línea y, antes de dormir, vuelve a mirar la pantalla. Esta escena, cada vez más común, ilustra cómo el entorno digital forma parte de prácticamente todos los momentos del día.
Precisamente de esta convivencia permanente con la tecnología surge la paradoja de la conexión (Figura 1): las redes sociales y las plataformas digitales pueden convertirse, al mismo tiempo, en una fuente de apoyo y en un factor de riesgo para el bienestar emocional.
Las luces: conexión que fortalece
Por un lado, las plataformas digitales permiten crear vínculos importantes (Ostic et al., 2021), por ejemplo, mediante:
- Conexiones interpersonales: las redes sociales permiten mantener relaciones cercanas con amistades y familiares. Así, una persona que vive lejos de sus amistades o de su familia puede seguir conectada con ellos; o bien, en momentos difíciles, un mensaje de sus amistades o de su familia puede ser de gran apoyo.
- Puente hacia oportunidades: las plataformas digitales de interacción facilitan el acceso a nuevas comunidades, información y oportunidades, y así conocer a personas nuevas o aprender cosas interesantes.
Las sombras: cuando la conexión se convierte en riesgo
Sin embargo, el uso excesivo o problemático de internet y de las redes sociales —especialmente tras los efectos residuales de la pandemia de COVID-19— se ha asociado con un incremento en problemas como la ansiedad, la depresión, el uso problemático de internet y de los dispositivos digitales, así como con conductas autolesivas cuando existe un malestar emocional importante. Es más probable que esto ocurra cuando el contenido al que se accede resulta dañino o cuando la presión social digital se vuelve insostenible (Priego-Parra et al., 2020; Quiroga-Garza et al., 2025).
Figura 1 Paradoja de la conexión
El bienestar emocional en la era digital depende de mantener un equilibrio: potenciar el uso de las redes para construir lazos de apoyo reales y abrir oportunidades, mientras se previenen los riesgos de la ansiedad y el aislamiento derivados de la sobreexposición. Generado con Gemini, 2026.
Los determinantes sociales: el suelo que pisamos
La paradoja de la conexión no puede entenderse únicamente a partir del tiempo que adolescentes y jóvenes pasan frente a una pantalla. El mismo entorno digital puede representar una experiencia positiva para algunas personas y una fuente importante de malestar para otras. La diferencia radica, en buena medida, en las condiciones sociales en las que se desarrolla su vida cotidiana.
Los determinantes sociales de la salud —como el nivel de ingresos, las oportunidades educativas, el acceso a servicios de salud, la seguridad del entorno y las redes de apoyo familiar y comunitario— influyen directamente en la forma en que las personas utilizan las tecnologías digitales y enfrentan los desafíos que estas plantean. En otras palabras, no son las redes sociales, por sí mismas, las que generan problemas de salud mental; son las desigualdades y vulnerabilidades preexistentes las que pueden aumentar la probabilidad de que el entorno digital se convierta en un factor que agrave el estrés, la ansiedad o el aislamiento. (Ver figura 2)
Por ello, comprender la salud mental de las juventudes implica mirar más allá de las pantallas y reconocer el contexto en el que viven. En México, las condiciones económicas, la violencia comunitaria y las transformaciones en la dinámica familiar moldean las oportunidades de desarrollo y también la manera en que adolescentes y jóvenes encuentren apoyo —o enfrentan riesgos— dentro del mundo digital.
Los siguientes ejemplos muestran cómo estos determinantes sociales pueden inclinar la balanza de la paradoja de la conexión hacia el bienestar o hacia el malestar psicológico.
Desigualdad y pobreza.- En México, factores como el rezago escolar, la necesidad de incorporarse al trabajo desde edades tempranas y las dificultades para acceder a servicios de salud de calidad —expresiones de la pobreza multidimensional— limitan las oportunidades de desarrollo de adolescentes y jóvenes y se asocian con una mayor presencia de síntomas depresivos. En estos contextos, la falta de alternativas para el estudio, la recreación o la convivencia puede favorecer un uso más pasivo del tiempo libre y aumentar la exposición a los riesgos del entorno digital (Balmori-de-la-Miyar et al., 2025; Díaz-Castro et al., 2025; Zúñiga et al., 2025).
Violencia comunitaria.- La inseguridad y la violencia también tienen un impacto profundo en la salud mental. Vivir en comunidades donde la violencia forma parte de la vida cotidiana incrementa los niveles de estrés, malestar psicológico e ideación suicida (Balmori-de-la-Miyar et al., 2025; Pérez-Sastré et al., 2024). Ante estas circunstancias, el espacio digital puede convertirse en un refugio para buscar apoyo o escapar temporalmente de la realidad; sin embargo, también puede amplificar la exposición a contenidos negativos, la desinformación o las interacciones dañinas, reforzando el círculo de vulnerabilidad.
Dinámicas familiares y duelo migratorio.- Otro determinante especialmente relevante en diversas regiones de México es la migración de uno o ambos progenitores por motivos laborales. Cuando esta situación ocurre, las dinámicas familiares cambian y adolescentes y jóvenes pueden experimentar una disminución del apoyo emocional cotidiano, mayores niveles de estrés y un incremento en el riesgo de consumo de sustancias o de presentar síntomas depresivos (Zúñiga et al., 2024).
En estos casos, la tecnología puede desempeñar un doble papel. Si bien la distancia física puede afectar los vínculos familiares, las herramientas digitales también ofrecen la posibilidad de mantener la comunicación, fortalecer el acompañamiento emocional y reducir algunos de los efectos del llamado duelo migratorio. Esto pone de manifiesto que el impacto de la tecnología depende, nuevamente, de las condiciones sociales y familiares en las que se utiliza.
Este panorama evidencia que promover la salud mental de las juventudes requiere acciones integrales que involucren no sólo a las personas jóvenes, sino también a las familias, las escuelas, las comunidades y las instituciones responsables de generar entornos más equitativos y protectores.
Figura 2 Determinantes sociales de la salud mental en adolescentes y jóvenes
El bienestar psicológico de las juventudes mexicanas está profundamente anclado a sus condiciones de vida. Factores como la economía, la seguridad comunitaria y la estabilidad de las dinámicas familiares actúan como el suelo que sostiene o debilita su salud emocional. Generado con Gemini, 2026.
Guía de acción: pequeñas acciones que pueden marcar una diferencia
Comprender que la salud mental de adolescentes y jóvenes está influida por los determinantes sociales también implica reconocer que ninguna persona o institución puede resolver este desafío de manera aislada. Las acciones más efectivas son aquellas que fortalecen las redes de apoyo y aprovechan los recursos disponibles en cada contexto, aun cuando estos sean limitados.
A continuación, se presentan algunas estrategias que pueden adaptarse a distintos entornos familiares, escolares y comunitarios.
1) Para las familias: fortalecer los vínculos cotidianos
Las actividades recreativas organizadas, como el deporte, los talleres artísticos o el voluntariado, favorecen el desarrollo de habilidades socioemocionales y reducen el tiempo destinado al uso pasivo de las pantallas (Ibabe et al., 2024). Sin embargo, no todas las familias cuentan con recursos económicos o con una oferta cercana de estas actividades.
Por ello, más que promover actividades específicas, resulta fundamental crear espacios cotidianos para convivir y comunicarse. Compartir una comida, realizar caminatas, cocinar en familia o establecer momentos libres de dispositivos electrónicos puede fortalecer la confianza y el apoyo emocional entre sus integrantes.
Cuando las familias viven procesos de migración o separación por motivos laborales, las tecnologías digitales pueden convertirse en una herramienta para mantener el vínculo afectivo. Programar videollamadas periódicas, compartir actividades a distancia o reservar un momento fijo de la semana para conversar ayuda a disminuir la sensación de aislamiento y a fortalecer la presencia emocional, aun cuando exista distancia física (Díaz-Castro et al., 2025).
2) Para docentes y escuelas: promover entornos protectores
Las escuelas representan uno de los principales espacios para promover el bienestar emocional, aun cuando no cuenten con personal especializado en salud mental.
Acciones sencillas, como identificar cambios importantes en el comportamiento del alumnado, abrir espacios seguros de escucha o fortalecer las redes de apoyo entre estudiantes, pueden favorecer la detección temprana de situaciones de riesgo y facilitar la canalización oportuna hacia los servicios disponibles (Forsberg & Schultz, 2023; Kataoka et al., 2011).
Asimismo, las estrategias de convivencia escolar muestran mejores resultados cuando involucran activamente a estudiantes, docentes y familias (Balasooriya Lekamge et al., 2025; Lawson & Owens, 2024; Viera & Facciola, 2025). En este sentido, promover acuerdos sobre el uso responsable de las tecnologías, prevenir la violencia digital y fomentar el respeto dentro y fuera del aula son acciones que pueden incorporarse a la vida escolar sin requerir grandes inversiones económicas.
3) Para profesionales de la salud: comprender el contexto de vida
Durante la atención clínica o comunitaria, es importante reconocer que el bienestar emocional no depende únicamente de las características individuales de cada adolescente o joven.
Además de explorar sus hábitos de uso de internet y redes sociales, resulta útil conversar sobre las condiciones familiares, escolares, laborales y comunitarias que forman parte de su vida cotidiana. Este enfoque permite identificar factores de riesgo y de protección que pueden orientar una atención más integral.
Cuando sea posible, también es recomendable vincular a las personas con programas comunitarios, redes de apoyo o servicios institucionales que contribuyan a atender necesidades sociales que afectan su salud mental (Settipani et al., 2019). En muchas ocasiones, fortalecer estas redes puede ser tan importante como la propia intervención clínica.
Más que recomendar simplemente "reducir el tiempo frente a las pantallas", conviene promover una relación más consciente con la tecnología, ayudando a adolescentes y jóvenes a identificar qué contenidos fortalecen su bienestar, cuáles generan malestar y cómo establecer límites saludables en su vida digital (Palma-Gómez et al., 2020).
Conclusiones
La salud mental de adolescentes y jóvenes no puede comprenderse únicamente a partir del tiempo que pasan frente a una pantalla ni atribuirse exclusivamente a decisiones individuales. La manera en que experimentan los beneficios y riesgos del entorno digital está profundamente influida por las condiciones sociales en las que viven: las oportunidades educativas, la estabilidad familiar, la seguridad de sus comunidades y el acceso a servicios y redes de apoyo.
La llamada paradoja de la conexión nos recuerda que las tecnologías digitales pueden convertirse tanto en una herramienta para fortalecer el bienestar como en un factor que intensifique situaciones de vulnerabilidad preexistentes. Por ello, promover la salud mental de las juventudes requiere ir más allá de recomendaciones centradas únicamente en limitar el uso de dispositivos electrónicos y avanzar hacia estrategias que atiendan los determinantes sociales que condicionan su desarrollo.
Las familias, las escuelas, las comunidades, los servicios de salud y quienes toman decisiones en materia de políticas públicas tienen un papel complementario en la construcción de entornos más protectores. Aunque muchas de las desigualdades estructurales no pueden resolverse de manera inmediata, es posible impulsar acciones cotidianas que fortalezcan las redes de apoyo, favorezcan una convivencia digital más saludable y amplíen las oportunidades para que adolescentes y jóvenes desarrollen su proyecto de vida.
El reto no consiste en alejar a las juventudes de la tecnología, sino en construir condiciones sociales que les permitan aprovechar su potencial para aprender, participar, crear vínculos significativos y cuidar su bienestar emocional.
Contacto: Dra. Janett Esmeralda Sosa Torralba
janett.sosa@unam.mx
Referencias
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